PSIQUIATRIZANDO EL DOLOR

consumir psicofarmacosHace pocas semanas en una encuesta de la OCU a más de 2.000 españoles de entre 18 y 74 años se revelaba el altísimo consumo de ansiolíticos. Un 29% de los españoles señalaba haber tomado medicamentos para la ansiedad en el último año y más de una tercera parte que lleva medicándose más de un año se ajusta a un perfil de dependencia, es decir, al final se acaban tomando de forma prolongada y si no los tienen a mano sienten ansiedad y se sienten inseguros e incapaces de afrontar ciertas situaciones (se genera un malestar secundario por la toma del medicamento).

En la encuesta se preguntó a los entrevistados acerca de los medicamentos que habían tomado para tranquilizarse o sentirse más relajados, ya fueran ansiolíticos, somníferos, antidepresivos u opiáceos. Los tranquilizantes naturales, como la valeriana, y las infusiones de hierbas, como la tila o la manzanilla, no están contabilizadas en este dato.

De esta forma en los datos se muestra como 4 de cada 10 españoles han recurrido en alguna ocasión a medicamentos para tratar la ansiedad; en el caso de las mujeres ese porcentaje se eleva hasta el 50% .¿Cómo es posible esto?

Os voy hablar de casos que me encuentro cotidianamente en la consulta que han pasado en  muchas ocasiones previamente por el sistema sanitario de atención primaria. Una persona, en general mujer, de unos 30-40 años, que se encuentra con ansiedad y mucho malestar por motivos como puede ser el no conciliar sueño, temas laborales, problemas familiares, situaciones traumáticas vividas, o dificultades económicas, etc, y que decide ir a su médico de cabecera. A menudo es en este lugar donde se recetan este tipo de medicamentos (un 57% de los casos).

Estamos hablando de un médico general; no un especialista de salud mental como es un psiquiatra. Frecuentemente no se les deriva a salud mental porque están saturados y las terapias psicológicas a nivel público son escasas e insuficientes. De hecho, solo un dato: en nuestro país en la sanidad pública hay cuatro psicólogos y seis psiquiatras por cada 100.000 habitantes cuando la media europea es de 18 psicólogos y 11 psiquiatras.

Volviendo al ejemplo anterior, la persona se va con una receta de un ansiolítico o antidepresivo sin saber claramente las implicaciones y el riesgo de dependencia que puede generarle dicha medicación pero con ganas de quitarse ese malestar.

Así que como me contaba una paciente que fue altamente medicada sin ser informada de las contraindicaciones de un ansiolítico, a partir de ingerir la medicación empezó a sentir una gran somnolencia diurna y desorientación, pero siguió tomándola y sintió un cierto cambio. Cuando decidió dejarla porque no mejoraba y se veía muy decaída y con problemas de ubicación sufrió mucha más ansiedad. Es cuando su hija le sugirió, y por qué no decirlo presionó, para que comenzase una terapia psicológica, por probar otra vía. Su caso era una ruptura inesperada de pareja. El trabajo psicológico realizado ha implicado que en menos de 15 sesiones esta paciente pueda haber enfocado su situación y su nivel de ansiedad haya disminuido notablemente. La ansiedad disminuyó notablemente a partir de la sexta sesión.

En otro artículo explicaré las propiedades y limitaciones de dichos medicamentos, que son muy prácticos pero insuficientes en un tratamiento de ansiedad. Es algo que muchos profesionales de la salud no nos cansaremos de decir. Tratar un trastorno de ansiedad (por los diferentes motivos que sea) exclusivamente con fármacos como las Benzodiacepinas, Diazepam, Lorazepam, Clonazepam, Buspirona, etc, es como tapar un gran incendio con una manta; volverá a brotar. La medicación es en ocasiones necesaria, pero no suficiente.

Puedo nombrar numerosos ejemplos en los que se puede o no utilizar fármacos dependiendo del nivel de gravedad; insomnio, ansiedad, fobia, tristeza, desasosiego, estrés por distintos motivos (muertes, rupturas, malas relaciones, dificultades laborales, problemas económicos, desempleo). En algunas ocasiones es necesario combinar el tratamiento psicológico con el farmacológico, porque el nivel de angustia y ansiedad es tal que la persona no puede centrarse en la terapia, pero nunca centro la mejora de las personas en un tratamiento farmacológico. Es caro e ineficiente porque suele haber recaídas al no haber aprendido la propia persona a enfocar y enfocarse ante determinadas situaciones. Además resulta frustrante para el paciente, ya que a menudo se ve en un callejón sin salida dependiendo de un fármaco del que no puede separarse para realizar las tareas de su vida cotidiana, por no insistir en que resulta imprescindible que se sepan los efectos adversos que pueden generar.

Considero además que estamos psiquiatrizando el dolor. Los cambios vitales que sufrimos; esperados o inesperados pueden producir malestar y ansiedad; es normal, para eso somos seres afectivos y la vid está repleta de cosas buenas pero también dolorosas. Si uno se queda en desempleo lo frecuente es que tenga inquietud, si una persona vive la muerte de un ser querido lo habitual es que esté decaído y sufra, y así con numerosos ejemplos.  La vida en ocasiones es dura y se hace cuesta arriba pero por taparla no deja de ser así. Es como una paciente que se enfadaba con ella misma porque sentía ansiedad cuando se acercaba a un sitio donde había sufrido una agresión con robo meses antes. Lo “razonable” es que tenga ese sentimiento, y ya en terapia se podrá trabajar para ir  afrontándolo si esa emoción se mantiene en el tiempo y limita la vida de la persona.

De las emociones negativas a menudo intentamos huir, evitarlas y taparlas. Es lo que se persigue lograr con una pastilla pero el problema sigue estando ahí, no desaparece aunque el síntoma pueda hacerlo. Eso no nos ayuda a aprender a afrontarlos y en absoluto es la solución. Es mucho más práctico y eficiente contratar psicólogos para llevar a cabo terapias breves que gastarse mil millones de euros en fármacos, como se hizo el año pasado. Con ese presupuesto creo que alcanzaría a cerca de la contratación 5000 psicólogos para el sistema y podrían verse beneficiadas millones de personas. Los psicólogos de los centros de salud mental están desbordados e intentan hacer su trabajo lo mejor posible pero a veces no les queda más remedio que dar a los pacientes unas fotocopias para que lean porque no les pueden dedicar más de diez minutos. Así no se puede hacer una intervención adecuada, imposible.

Hasta entonces muchos de los que trabajamos en las consultas privadas tratamos de solucionar los problemas por los que vienen las personas de la forma más pronta posible, pero sin atajos irreales y donde la persona pueda adquirir un conocimiento personal y unas herramientas que le ayuden a hacer frente no sólo a esa situación específica que le provoca malestar, ansiedad, inseguridad, estrés sino a las que vendrán.

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Alejandra Luengo

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