Odio ser adolescente

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 El otro día Ana, adolescente de catorce años, estudiante con malos resultados académicos me comentaba en psicoterapia que no se soportaba a ella misma en numerosas ocasiones, que eso le generaba rabia hacia sí y culpa por lo que desencadenaba en la familia.

“Yo intento callarme cosas para no defraudarles, pero derrepente me sale mucha rabia por cualquier cosa que he acumulado durante el día y lo pago con ellos. A veces mi madre se ha puesto a llorar y me he sentido fatal, y entonces mi padre se enfada más conmigo y el problema se hace más grande. Mi madre además creo que pretende que le cuente todo de mi vida y yo no quiero….”

Sus padres solicitaron apoyo psicológico hace apenas un mes ya que la convivencia en casa, según relataban, se había vuelto insoportable; gritos, discusiones, desconfianza, enfados, en definitiva un gran distanciamiento al que no estaban ni querían acostumbrarse, acusando de ello a su hija adolescente.
“A mis padres no les paso ni una, lo reconozco, es como si estuviese a la defensiva todo el día con ellos porque siento que me quieren controlar como cuando era pequeña, y sin embargo con mis amigas me callo lo que me molesta o me disgusta. Quiero sentirme aceptada por ellas y me importa mucho lo que piensen de mí. Con ellas me callo todo y con mi familia lo suelto”.

La adolescencia es de las etapas más difíciles por las que la persona atraviesa. A pesar de ser un momento de cambio y de proceso de maduración, hay una serie de presiones que la persona siente y que le cuesta gestionar; el desarrollo físico incontrolable que hace sentir al adolescente un poco perdido, los cambios de humor bruscos, el despertar sexual, los deseos de sentirse reconocidos como alguien más mayor y distanciarse de su lugar de niños/as, la importancia de tener un grupo de amigos de referencia que actúen de soporte y acompañamiento en ese periodo, pero que también son elementos de presión, etc.

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El adolescente se rebela, quiere su espacio e ir descubriendo junto a su grupo de pares aspectos de la vida que antes le eran negados y que solo eran exclusividad de los adultos.

El equilibrio entre esas dosis de libertad, que requiere y necesita, y esa actitud de guía y de acompañamiento de los padres no es nada fácil, y a menudo acaba escorándose hacia un lado conllevando dificultades mayores.

¿Cómo apoyar al adolescente sin equivocarnos demasiado?

Muchas familias que acaban solicitando psicoterapia familiar refieren que el culpable de la situación creada en la casa es el adolescente. Éste tiene su responsabilidad dentro del entramado familiar, pero no es exclusividad de ellos. La forma en la que la familia va gestionando los cambios y necesidades del adolescente resultan primordiales a la hora de aumentar o disminuir la tensión.

 Tenemos entonces diferentes alternativas:

– Hay situaciones en que las familias se vuelven muy rígidas y no permiten cambios o flexibilidad en algunas normas, no adaptándose a las variaciones reales que han sucedido. Esto implica que el adolescente o bien se someta a dicha normativa o se rebele de forma radical. Ambos aspectos son extremos y no benefician ni al adolescente, ni a sus padres.
En esta situación los adultos no asumen que es una etapa de crecimiento y de descubrimiento personal hacia la madurez y pretenden que todo sea igual que cuando se era niño, aspecto poco realista y también insano ya que inhiben el desarrollo personal del adolescente.
– En aquellas familias donde la problemática viene por lo contrario, por la falta de límites y de asumir responsabilidad, el adolescente crece pensando que puede hacer lo que quiere, que no tiene por qué asumir ninguna responsabilidad y sin saber distinguir claramente qué es aquello perjudicial para él o ella. Los famosos ninis (ni estudian ni trabajan) se encuentran dentro de este grupo adolescente donde frecuentemente la permisividad ha sido excesiva y donde chicos y chicas actúan desde el deseo inmediato, como si fuesen niños caprichosos. En este caso también se ignora las necesidades del adolescente, dejándole  hacer lo que quiera con total impunidad o libertad. Muchos adolescentes que vienen a terapia con sus familias señalan que a ellos les vendría bien saber que sus padres no les permiten cualquier cosa que les haga daño, que se preocupan de ellos, que no mantienen una posición de comodidad y de evitar conflictos, que les indican lo que es bueno y lo que no.

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En estos dos casos anteriores se niega la etapa que está viviendo el chico o chica, no viéndose lo que realmente necesita, que muchas veces no es lo que pide. Se evita así asumir lo que una fase como esa requiere: mayor espacio personal, más intimidad, más flexibilidad pero acompañamiento a través de unos límites, seguimiento de lo que hace, con confianza, sí, pero sin dejarlo a la deriva. Esta opción, sería la alternativa más saludable para cada uno de los miembros de la familia, y en casos donde no se ha logrado de forma natural, es lo que se trata de lograr en la terapia familiar.

En definitiva, el adolescente está todavía en parte amarrado a la niñez. Sigue con una mano atado a ésta y por ello requiere de unas figuras de apoyo que sepa que están ahí, que le guíen y le orienten, pero que no traten de imponerle de forma rígida su realidad, obligarle a que deje de ser quien es, o que le ignoren. El adolescente se está haciendo como alguien diferente al niño del pasado, aunque pueda compartir muchos de los valores que a lo largo del tiempo le han ido transmitiendo en la familia. La persona que se gesta en este periodo va a estar muy presente en la vida adulta de la persona, por ello es tan importante el poder atravesar y vivir la adolescencia no como una etapa tortuosa, desesperante y llena de impotencia, sino como una oportunidad de crecimiento y aprendizaje en la que cuentan todas las personas de la familia.

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