Sin miedo a la tristeza

Sin miedo a la tristeza

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«No puedes estar con tristeza»,  «No te permitimos llorar». «Tienes que estar alegre y con pensamientos positivos». Esto es un resumen de lo que hace unos días me contaba una mujer que se había separado recientemente. A su alrededor prácticamente todo el mundo le presionaba para que viese lo bueno que tenía, para que no sufriese, que hiciese muchas actividades y que se dejase de sentimientos de tristeza. Así que ella ya no sólo acababa sintiéndose mal por la separación de su pareja, sino también por sentir tristeza. Doble presión que acababa sufriendo.

Como ese ejemplo muchos; un hombre que tienen ingresado a su padre a punto de morir, una mujer que le han diagnosticado de cáncer, una pérdida de empleo de un trabajador de mediana edad, o incluso una vuelta de las vacaciones. Son situaciones que generan y tienen que generar tristeza porque estamos perdiendo algo valioso para nosotros, aunque por supuesto no con la misma gravedad, y eso duele.

Es entonces donde puede aparecer la tristeza como una respuesta adaptativa, aunque por desgracia muchas veces se considera que es una emoción negativa, simplemente desde la perspectiva de que cuando uno está triste lo pasa mal. 

Eso es una equivocación. No hay emociones negativas ya que todas responden a una forma de readaptarnos a lo nuevo que nos toca vivir. Por ello nos enseñan y nos permiten avanzar, sino seríamos como ollas a presión dispuestas a estallar en cualquier momento.

Vivimos en sociedades donde se huye de la tristeza y se llenan en las redes sociales los mensajes de positividad, frecuentemente en extremo. No huir de la tristeza es permitirse también ser consciente de lo que he vivido. Si fallece mi mascota, por poner un ejemplo, y huyo de la tristeza que pueda sentir, es como si estuviese negando que hay algo importante en mi vida que ya no está. Y la realidad es que he perdido un ser que quería, que era valioso, y lo tengo que digerir. Taparse los ojos es quitar valor a lo que había sentido en su momento por ese ser, y por mí mismo.

Tristeza no es depresión

Cuando hay tristeza la persona puede encontrarse con desgana, con falta de energía, con pensamientos de impotencia o negatividad, o con llanto frecuente. Pero cuando esa tristeza se convierte en un obstáculo para llevar mi vida adelante es cuando es importante pedir ayuda, ya que puedo estar rozando una depresión. Mientras la tristeza no es patológica, la depresión sí lo es y requiere de un tratamiento especializado.

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Por ejemplo muchos adolescentes pueden estar aparentemente con signos de tristeza, y lo que están sufriendo es una depresión. Un chico de quince años con el que el otro día hablaba y cuyos padres se habían divorciado cuatro años atrás de muy malas formas, comenzó sintiendo tristeza al ver que su padre se iba de casa y que la dinámica familiar cambiaba. Hasta ahí totalmente adaptativo y normal, pero ello se fue incrementando al cerrarse en él mismo, estar los padres más preocupados en su conflicto que en ver que su hijo no tenía ganas de nada y que no le motivaba nada, sólo el ordenador. Lo que en un principio era una reacción normal de tristeza, el sufrir al perder muchas cosas tras la separación de sus padres (su idea d familia, seguridad, de tener más contacto con el padre, de bienestar económico, etc) se fue arraigando en un no querer hablar con nadie (forzarle no ayudaba en absoluto), en un mal humor constante, en picos de agresividad, en una apatía por todo y un encerrarse en él mismo. Ya no era tristeza sino depresión.

También es patológico las personas que de forma constante escapan de la tristeza ampliando su mochila de evitaciones, de no querer ver la realidad, de negar el sufrimiento y de huir de uno mismo.

Por ello consideramos que hay que saborear la tristeza sin evitarla ni quedarse instalado en ella y reduciendo la vida a esa emoción. Uno puede seguir haciendo actividades placenteras, aunque esté triste. Sea pasear, ver a amigos, hacer un deporte, oír música, o ir al cine. La apatía es muy golosa y puede convertirse en una rueda sin salida. Permitirnos en un momento puntual no hacer nada puede ayudarnos, pero si eso se repite frecuentemente nos puede perjudicar notablemente. De la misma manera afrontar el dolor de una pérdida es sano, y es dar valor a lo que vivimos con aquello que ya no está. No huyas de la tristeza, aprende de ella.

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