La vergüenza, emoción que no tiene por qué limitar

La vergüenza limita frecuentemente la vida de la persona más de lo que en un principio pudiésemos pensar.

Una mujer de sesenta años me habla en la consulta de su vergüenza a la hora de hablar con personas desconocidas pensando que van a considerar que no es inteligente y que no va a aportar nada. Por esa vergüenza acaba evitando cualquier interacción con personas desconocidas, y lo lleva haciendo años, lo cual ha limitado su vida enormemente. Siempre ha estado a expensas de otras personas que fuesen los que diesen la cara por ello.

La vergüenza en sí no es negativa ya que regula el comportamiento de la persona frente a los demás e inhibe emociones o comportamientos negativos que pueden afectar a otras personas. De esa forma, la vergüenza en su justa medida funciona para integrar socialmente a la persona y que no tenga comportamientos perjudiciales para sí misma y para los demás. Solo nos hace falta imaginar a una persona que no tenga vergüenza y las situaciones incómodas y de malestar que puede generar hacia los otros, teniendo consecuencias nefastas para sí misma.

Las causas de la vergüenza son diversas.  Normalmente se construye en base a la interacción con los demás. En los primeros años de vida son los cuidadores los que devuelven el mensaje al niño o niña sobre lo que está bien o mal hacer y sobre sí mismos, frenando un comportamiento que se viva como erróneo y que se quiere evitar y potenciando otros.

Pero hay en distintos casos donde la vergüenza puede llegar a convertirse en excesiva. Padres vergonzosos, muy estrictos, sobreprotectores, que limitan la libertad, autonomia y capacidades del menor generan que los niños acomoden su comportamiento a lo que creen que sus padres esperan de ellos sin posibilidades de ir desarrollando su autonomía, libertad y fortalecimiento de la autoestima. De esta forma basan su comportamiento en la inhibición de sus propios deseos considerándolos erróneos,  teniendo como prioridad los de los demás.

A medida que el niño o niña crece y se sigue en la misma línea de represión la vergüenza no desaparece, sino todo lo contrario, considerándose a sí mismo como defectuoso. La inhibición puede ser cada vez mayor, desarrollando diferentes patrones de personalidad marcados por esa emoción y limitando el desarrollo de su personalidad.

La sensación de vergüenza patológica va siempre relacionada con la creencia de “no valgo”, es decir, “no estoy bien como soy” y por lo tanto inhibo cualquier comportamiento que me exponga y así reduzco el malestar. Dejo de hacer cosas, de expresar opiniones con el fin de evitar la vergüenza lo cual limita a la persona enormemente. Se acaba dando un perfeccionismo  extremo, evitando esa propia sensación.

Estamos entonces ante una percepción distorsionada de la realidad que es necesario trabajar para que la persona pueda llevar una vida con normalidad y ajustar sus expectativas y creencias a la realidad ya que frecuentemente se siente incapaz de enfrentar esas situaciones, generándose unos miedos construidos en la mente que distan de la realidad y una mirada muy crítica hacia lo que realiza y cómo es.

La vergüenza se puede vivir de forma diferente dependiendo de las atribuciones que se haga la persona. Pueden ser atribuciones internas, generales y estables sin casi posibilidad de salida”soy defectuoso”, lo cual implica que la inhibición sea extrema y que las limitaciones de la persona sean mayores ya que no ve salida. Hay otras situaciones donde las atribuciones pueden ser variables y se considera que se pueden realizar ciertas conductas que con esfuerzo se logran, lo cual implica que haya posibilidades de cambiar las cosas. Muchas personas con vergüenza no se creen merecedoras de ser cuidadas y de cosas positivas y se dedican a priorizar las necesidades de los demás frente a las suyas propias.

Por ello en la terapia es necesario profundizar en la vergüenza, no como una emoción que hay que aniquilar, pero sí regular, no siendo la que domine a la persona. La necesidad de aprender a enfrentarse a los miedos y a la propia vergüenza resulta necesaria, ya que lo más habitual que se ha hecho durante tiempo ha sido huir y escapar para no enfrentarse a ella.

Por tanto `podemos concluir que se puede vivir situaciones de vergüenza reguladas y manejadas por la persona sin impedir realizar aspectos de nuestra vida que nos resultan importantes y que son necesarios. Es necesario para ello conocerse y reconocerse con una mirada nueva y realista fuera del perfeccionismo irreal, autocrítica y dependencia de la mirada de los demás. Con ello se logrará la necesaria paz interior que uno aspira.

 

 

 

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